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05
May
2011
Prohibido prohibir PDF Imprimir E-mail
Punto D Vista - Editorial
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Hoy, aquellos que salieron a las calles para cambiar el sistema, se acomodan en despachos de lujo, visten ropas caras y, lo que es más grave, se creen con el derecho de decir cómo debemos pensar. Hay quien decía que Mayo del 68 era una enfermedad que se curaría con el tiempo, y, efectivamente, el tiempo le ha acabado dando la razón.

Pero aquellos que salieron a las calles, y hoy han traicionado el espíritu de lo que creían, siguen enfundándose en el mito de Mayo del 68, incluso para tergiversar los símbolos que crearon. Hoy el "prohibido prohibir" se ha transformado en "prohibir lo prohibido", o seguir rebajando el nivel de una libertad que cada vez es más una utopía, justo como ellos denunciaban.

La Ley Antitabaco, la Ley Sinde, la nueva Ley de Igualdad de Trato, y las que se tercien van en una misma dirección: meter las narices de la Ley en todos y cada uno de los ámbitos de la libertad; acabar con el individuo para que no tenga más remedio que acabar siendo masa, o, lo que es lo mismo, parte del partido. Es un sistema que no es nuevo: ya lo utilizaban los señores feudales hace unos cuantos siglos, o los sistemas totalitarios de todo color hace bastante menos, pero si da bastante miedo. El individuo deja de existir como tal, pues su intimidad está ocupada por los resortes del Estado. El Gran Hermano, de Orwell, no de Milá, ya nos lo advirtió. Hoy tenemos Estado de Alarma y SITEL, y el Gran Hermano se llama Alfredo.

La ley antitabaco prohíbe algo que ya estaba prohibido, buscando, además la criminalización de los fumadores; la Ley Sinde prohíbe administrativamente lo que no puede prohibir judicialmente, pues se trata de un comportamiento no punible según la Ley de Propiedad Intelectual; y la Ley de Igualdad de Trato busca abrir la puerta a la delación de los ciudadanos. Torquemada y McCarthy deben estar encantados con Rubalcaba.

Pero, por suerte, el individuo todavía no está muerto, aunque sí anestesiado. La rebelión del asador de Málaga, la lucha de los internautas, el fenómeno Wikileaks, el grupo Anonymous o las consecuencias del fenómeno de la rebelión cívica que consiste en que los ciudadanos se nieguen a vender productos de los que el Estado saca tajada, como el tabaco o loterías, va en la buena dirección, ya veremos si es suficiente.

Pero, además, son leyes que no tienen cabida en el ordenamiento español: la Ley Antitabaco viola el principio de igualdad de trato que consagra el artículo 14 de la Constitución, pues obliga a un trato diferenciad, y humillante, de una parte de la sociedad; la Ley Sinde se pasa por el arco del triunfo la Ley de Propiedad Intelectual, que, si ya es una de las más restrictivas de Europa, parece que eso no es suficiente para la voracidad de la SGAE, a la que, por cierto, la ministra González Sinde concede constantes subvenciones, cuando no se las da a sus propias películas. Un millón de euros entregó la semana pasada a "Mentiras y Gordas", una película en la que no se gastaron demasiado en vestuario.

Volviendo a la literalidad de la Ley de Propiedad Intelectual, el comportamiento que dicen perseguir no es legalmente punible, pues la Ley exige, para hablar de piratería, la existencia de lucro directo, cosa que no se da en webs que colocan banners(el beneficio, si es que lo hay sería indirecto, extremo no contemplado en la Ley). Pero además, se crea un tribunal de censura previa, encargado de fulminar del ciberespacio todo aquello que no guste a los inquisidores de turno, y todo ello, sin pasar por un tribunal que garantice el cumplimiento de la Ley.

Sobre la Ley de Igualdad de Trato, simplemente la dificultad de comprobar lo denunciado provocaría dos cosas: o bien, que ninguna demanda llegase a ninguna parte, o bien, que España se convirtiese en el nuevo hogar del Tribunal de la Santa Inquisición, extremo que, tal y como están las cosas, no sería tan descabellado.

En cualquier caso, todas estas leyes tienen un objetivo claro: convertir al "buen ciudadano" en espía al servicio del Estado, o del Partido, que lo mismo da. Separar y confrontar a los ciudadanos dividiéndolos en buenos y malos, siendo los buenos, por supuesto, los acríticos con el sistema, y persiguiendo a los disidentes a través de la policía más poderosa con que cuenta un Estado, sus propios habitantes. Así comenzó Alemania, con la detención de Ana Frank, a la que, por cierto, detuvieron cuando tuvo que salir de su escondite para fumar. Esperemos no acabar igual.

 

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