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01
May
2017
Paquirrín a porta gayola PDF Imprimir E-mail
Punto D Vista - Otra mirada
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Jesús Hernández Gallardo

 

Seguro que se lo cree, que tiene en mente variar de actividad, servir al mundo con otro arte más definido que su música. Es posible que él crea que ha triunfado, que ha sido un genio en esa música dispersa y arrítmica con la que nos ha tenido acostumbrados. El genio en cuestión es Paquirrín, el hijo de Isabel Pantoja, la reciente liberada de su periplo carcelario por deslealtades con la justicia y del torero Paquirri, ejemplo de torería.

Será un arranque pasajero, de esos genes revueltos que tiene repartidos por su estructura corporal, derramados y mal avenidos, como todas sus acciones en este mundo. Espero que no desespere, a lo mejor algún día piensa un poco y deja actuar sus sentidos sin la torpeza que le domina la cabeza.

Nos amenaza con otra pifia, con expresar su torpeza delante de un toro, por muy bragado que se crea. Yo le veo algo meano, falto de trapío y abochornado a la hora del enfrentamiento. No se arrancará en ese arte, ahí peligra su estampa, no como en la música, que los perjudicados éramos la sufrida audiencia, que tolerábamos con resignación el "chunda, chunda" con que nos propinaba en cada una de sus creaciones.

No le veo delante de un toro, no consigo localizar su estampa en ese duelo, no intuyo el desafío. Más bien me confunde el subconsciente y me enseña, en instantes, el retroceso del lunático perseguido por el morlaco en carrera.

Serán cerebros blandos, escasos de energía positiva, pobres de intuición. Este Paquirrín demuestra día a día, paso a paso que no le rige bien la materia gris, aunque espera parecerse a sus hermanos Fran y Cayetano, dos toreros de tomo y lomo. Que no, que no le veo en la misma dimensión, que él está al margen de ese trajín de la tauromaquia, los reflejos se intuyen apartados del mundanal ruido de las plazas de toros, del mundo de la tauromaquia. Él tan solo está preparado para labores de posiciones horizontales de descanso y meditación.

Le faltan luces a esa reflexión de Paquirrín, a ese arranque torero de ajustarse un traje de luces para realizar una faena torera. Hablando de luminiscencias, más bien mi mente me acerca a la escena del protagonista tumbado en la cama acercándose a la boca las viandas, con su torso lleno de lamparones, de esos efectos secundarios de su primera actividad, la que más le identifica: la copiosa alimentación grasienta.

Quien lo iba a decir, quien iba a sospechar, que de dos contrastados artistas progenitores del muchacho, iba a salir semejante ejemplar, meano y torpe en sus trazas. Acostumbrado a adoptar como propias las ideas e inquietudes de otros y, cuando piensa por sí mismo, nos derrota con ideas de semejante casta. Yo creo que, si algún día lleva a la práctica su promesa, se crearía un estupendo payaso de circo, de esos que hacen época y que encantaría a todos por su espantajo, su silueta en estampida.

Más vale que alguien de su entorno le pinche la cabeza con el estoque de vivir y le aleje semejante locura. Seguro que cuando lo dijo, era víctima de alguna pesadilla, producto de ese desorden interno de neuronas que le tienen confundido por completo. Sería bueno que en sus alucinaciones dejara de leer libros de caballería, porque Quijote solo hay uno y ese es de todos.

 

Jesús Hernández Gallardo

Funcionario del Estado

Torrejón de Ardoz

 

 

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