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28
Ago
2014
Parque Europa Torrejón: Toda Europa al alcance de los torrejoneros ( IV); Portugal, Inglaterra y Holanda también están en Torrejón PDF Imprimir E-mail
Lente de Aumento - Torrejón Secreto
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Los monumentos del Parque Europa esconden sorpresas entre sus muros, historias desconocidas y algunas leyendas

Entre otras cosas, el Parque Europa permite conocer in situ los principales monumentos de la región sin salir de casa. Todo un recorrido por la historia y el arte del viejo continente, y lo mejor, totalmente gratis, porque, no en vano, no es más, ni menos, que un parque público.

 

La Torre de Belem

A pesar del nombre, esta torre no está en territorios israelíes, sino en Portugal, y, como tantos otros monumentos, no es, en esencia, lo que dice su nombre. Mas que una torre es toda una fortaleza destinada, en sus orígenes a proteger Portugal de las posibles invasiones que pudieran llegar desde el Tajo.

Y es que, en esos momentos, Portugal era toda una potencia gracias a su afán descubridor, el mismo que le hizo repartirse con España, literalmente, el mundo entero en el Tratado de Tordesillas. El Portugal de los descubridores necesitaba protección e ideó la construcción de tres fortificaciones: el Fuerte de San Sebastián de Caparica, la Torre de San Antonio, y la Torre de San Vicente de Belém, nombrada así por el patrón de Portugal.

En un principio, la torre se situó en una isla en medio del Tajo, justo en la Playa de Restelo, el lugar por donde salían los barcos destinados a conquistar el mundo, pero hoy, y debido a la urbanización, la torre ha quedado pegada a una de las orillas del río.

Es un símbolo vivo del inmenso poderío militar de Portugal hace cinco siglos, porque no en vano mide unos 35 metros de altura, y tiene cinco plantas. Plantas a las que, por cierto, sólo se puede acceder a través de una pequeña escalera de caracol. Una medida defensiva más, pero que hoy es una tortura para los turistas.

Sin embargo, lo que los turistas buscan de esta torre no está dentro, sino en su fachada. Nada más y nada menos que un animal mítico para los lusos de la época y que pudieron conocer en persona. Se llamaba Ganda, y era una hembra de rinoceronte, el primero que pisaba Europa desde el siglo tres antes de Cristo.

Como muestra de vasallaje ante el rey luso, uno de los más poderosos de la Tierra, el gobernador de la India portuguesa, Alfonso de Albuquerque, le trae dos animales exóticos: un elefante y un rinoceronte. Al ver el elefante, el Rey, Manuel I, no se muestra sorprendido, pues ya poseía cinco ejemplares, pero no sucede lo mismo cuando ve a Ganda.

Y no sólo él. El desembarco del rinoceronte provoca una auténtica conmoción en Lisboa, pues hasta ese momento los habitantes de Europa pensaban que el rinoceronte era un animal mítico, como el unicornio o la Quimera. Al ver al animal, se hicieron fiestas en su honor y se quiso probar su fuerza enfrentándolo con un elefante.

La sorpresa de todos los presentes se produjo cuando, a pesar de lo que dictaba la lógica, el rinoceronte venció la pelea, si bien fue por incomparecencia del elefante, que, al ver a su rival, huyó despavorido.

Asombrado por el valor de Ganda, el Rey decidió inmortalizarlo para siempre, haciendo esculpir su figura en uno de los laterales de la torre que sería símbolo de su reinado: la Torre de Belém. Pero la historia de Ganda no termina aquí. Ante el revuelo causado, la Santa Sede pidió examinar al animal, y el rinoceronte fue embarcado rumbo a Roma, donde nunca llegaría, porque una terrible tormenta hundió el barco donde viajaba.

Eso sí, antes de morir, el pintor Alberto Durero hizo un grabado sobre él que pasaría a la Historia, y es que el pintor, después de conocer a Ganda, pareció obsesionarse con el animal, tanto es así que le incluyó en hasta tres obras.

La Torre se construye en 1515, pero pasado el poderío militar portugués, se destina a otros usos: aduana, puesto telegráfico, faro y prisión para presos políticos, aunque hoy es, por supuesto, un destino turístico. Tanto es así, que en 2007 Portugal la incluyó entre sus siete maravillas, siendo, sin duda, uno de los elementos más fotografiados del país.



Tower Bridge

El Puente de la Torre, que eso significa, recibe su nombre de la Torre de Londres, un impresionante castillo-fortificación a orillas del Támesis que ha tenido multitud de usos a lo largo de la Historia, entre otros, cárcel y lugar donde se guardaban las Joyas de la Corona, aunque hoy sólo se guarden reproducciones.

El Puente de la Torre es un curioso puente levadizo creado en el siglo XIX para tratar de solventar un serio problema: cómo mantener el tráfico rodado, que ya comenzaba a ser importante en la City, sin perjudicar a los barcos que navegaban por el Támesis.

En 1876, y después de varios ensayos no precisamente satisfactorios (se llegó a construir un paso subterráneo por debajo del Támesis, pero sólo servía para personas), se convoca un concurso público para construir el ingenio. Se presentan 50 candidaturas, y, como ya es habitual, la decisión está cargada de polémica. Ocho años tardan en decidirse por la propuesta de Horace Jones, el Arquitecto oficial de la Ciudad.

La idea era muy sencilla, y a la vez, tremendamente moderna para la época: un gran puente de 244 metros de longitud, con dos torres de 65 metros de altura, y con 61 metros de separación entre ambas. Será en este lugar donde se construyan las dos partes del puente levadizo, capaces de elevarse hasta un ángulo de 83 grados, y todo con un moderno sistema de engranajes movidos por agua. El sistema permitía levantar completamente el puente en tan sólo un minuto, y, en sus mejores épocas, llegó a abrirse unas veinte veces cada día.

La construcción no fue fácil: más de ocho años, y 432 trabajadores fueron necesarios para ponerlo en marcha. Pero lo más espectacular son sus dos pasarelas elevadas que permiten cruzarlo cuando el puente está abierto y ofrecen una vista inolvidable de Londres. Inolvidable para los turistas, pero no para los londinenses. Estas pasarelas estuvieron en desuso más de 70 años, debido a que los ciudadanos preferían esperar a que el puente volviese a cerrarse en lugar de subir las escaleras que conducen a lo alto de las torres.



Puente de Langlois

Uno de los elementos menos conocidos del Parque Europa es ese curioso puente de madera junto al embarcadero. Curioso, tanto por la forma como por la estructura. Pero es bastante más curioso pensar que este puente, tal y como ha pasado a la Historia del arte, ya no se conserva, pues fue completamente destruido durante la Segunda Guerra Mundial.

El puente se sitúa sobre el Ródano, en la localidad de Langlois, en Arlés, al sur de Francia, y no tiene absolutamente nada de particular, salvo que un gran genio se fijó en él para dejarlo como regalo a la humanidad. El Puente de Langlois fue el motivo recurrente de Vincent Van Gogh durante el año que vivió en Arlés. Y no es de extrañar, pues llega a dedicarle cuatro cuadros diferentes.

La pregunta es qué vio Van Gogh en ese puente para convertirlo en centro de su obra, y la respuesta no se sabe. Hay quien dice que la estructura de madera le recordaba a su Holanda natal, otros que le resultaban sugerentes sus formas, similares a las construcciones japonesas del pintor Hokusai… pero lo cierto es que fue el centro de su obra durante unos meses.

Hay quienes opinan que lo eligió por su capacidad mimética con el ambiente: a pesar de ser obra del ser humano, encaja perfectamente en un entorno natural, por lo que no rompía de forma abrupta con el estilo impresionista.

En cualquier caso, el puente pasó a la Historia, en pintura en 1888, y literalmente, durante la Segunda Guerra Mundial. Habrá que esperar a 1997 para que el puente se restaure por completo, ahora sí, con la forma actual, y que es la misma que presenta el que tenemos en el Parque Europa.



Los molinos de Kinderdijk

Si hay algo por lo que sea conocida Holanda, aparte de sus tulipanes, o su selección de fútbol, es, sin duda, por sus molinos, más de mil máquinas que utilizan la energía eólica para subir el agua desde cotas inferiores. Pero si parece grande la cifra de mil, hay que decir que, cuando se construyeron, allá por el siglo XIII había diez mil repartidos por todo el país.

La razón es lógica. La única forma de conseguir agua era con un molino que la subiera, y la mayor parte del país está por debajo del nivel del mar, de ahí, ese nombre oficial que se pusieron hace ya unos cuantos años: Países Bajos.

Pero donde más molinos por metro cuadrado ahí, y podrían ser la inspiración de los del Parque Europa, es en la región de Kinderdijk, al norte de Rotterdam. Allí se contabilizan hasta diecinueve molinos en perfecto estado. Molinos que solo trabajan para los turistas, pues hoy no es necesario sacar el agua de las profundidades de ningún canal. Concretamente, los molinos funcionan el primer sábado de cada mes, y se pueden visitar.

Los molinos bombean agua de los pólderes de Alblasserwaard, los cuales se encuentran bajo el nivel del mar, tras lo cual el agua se descarga en el río Lek. En los Países Bajos siempre ha sido muy importante el drenar el agua y para automatizar en la medida de lo posible el sistema se usaban los molinos. La fuerza del viento mueve las aspas, que a su vez accionan las ruedas de grandes palas que recogen el agua y la devuelven a su cauce.

Y es que los molinos son algo muy importante para los holandeses. Hay asociaciones públicas, agrupaciones de amigos y protectores, fundaciones, circuitos, y hasta un gran Museo dedicado a ellos: un museo ubicado en un molino enorme de 1743 llamado “el Halcón” que se levanta en el medio de la ciudad de Leiden. El molino muestra la historia y proceso de la recogida del grano, la construcción de un molino, la operación, la fabricación de harina o aceite y enseña sobre diferentes tipos de molinos.

 

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