Dice el refrán "San Isidro Labrador quita el agua y pone el sol", y parece que el patrón de los agricultores lo cumplió a rajatabla en Torrejón. Y es que, si la mañana apuntaba a la suspensión de la procesión con un cielo completamente encapotado y lluvia ligera, en el momento justo en que iba a comenzar su salida las nubes se disiparon y hasta salió el sol para acompañar el viaje del Santo por los terrenos que fueron sus Eras hace siglos.
Así los torrejoneros se concentraban a las doce de la mañana en la pequeña ermita dedicada al santo Labrador, y lo hacían para celebrar una misa en el pequeño espacio. De tal forma, y a diferencia de otros años en que el buen tiempo permitía abrir las puertas para que pudiesen asistir a la Eucaristía los que llenaban la plaza, en esta ocasión la lluvia hizo que todo el público se concentrase en el interior del templo, abarrotándolo por completo.
Y es que todo apuntaba a que iba a ser una procesión distinta a lo habitual. Tanto es así que, tras cantar el himno dedicado al Santo, el sacerdote, viendo que el tiempo había cambiado, decidía sacar al Santo, en principio, solo hasta la puerta, para hacer un pequeño acto y regresar al interior. Pero una vez que San Isidro salió de su Ermita las nubes desaparecieron del cielo, dejando en su lugar un sol primaveral que acompañó al Santo en su viaje por las calles de Torrejón.
De tal forma, y sin la amenaza de lluvia, los fieles comenzaron un trayecto por las calles que hoy ocupan lo que en su día fueron las Eras de San Isidro, el terreno que Torrejón dedicaba a la práctica de la agricultura, y que hoy forma parte de la zona centro.
Y así lo hicieron, durante algo más de media hora, portando espigas de trigo bendecidas durante la misa y entonando cánticos dirigidos al patrón de los agricultores, los torrejoneros vivieron una procesión más propia de un día festivo que de uno laboral, y es que, si bien el día de San Isidro no es fiesta en Torrejón, sí lo es en buena parte de los municipios del entorno, lo que hace que se convierta en una jornada atípica.
Pasada la una y media de la tarde, el Santo labrador regresaba a su ermita, y lo hacía para, tras una última bendición, despedirse de los torrejoneros en medio de vivas y de aplausos.