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Quizá por el nombre no sean tan conocidos como Federico Chueca o Ruperto Chapí, pero si se enumeran sus zarzuelas la cosa cambia. La tabernera del puerto, Doña Francisquita, Luisa Fernanda. Y sobre todo, La revoltosa. Todas ellas llevan un apellido que es sinónimo de zarzuela: Fernández Shaw. O más bien, Fernández-Shaw. Una saga familiar que abarcó dos generaciones y que durante casi un siglo dominó el género chico, y precisamente su legado fue el que la Asociación Amigos de la Zarzuela (AZTA) de Torrejón de Ardoz eligió para inaugurar las fiestas de San Isidro.
El viaje comenzó en el filo de la memoria: Carlos Fernández Shaw (Cádiz, 1865 – Madrid, 1911), el patriarca. Hombre de letras, poeta refinado, periodista, fue el primero de la dinastía. Con José López Silva alumbró La revoltosa, una de las cumbres del género chico que revolucionó el Apolo en 1897, con música de Chapí. Pero Carlos iba más allá: fue el libretista de La vida breve, la ópera trágica con la que Manuel de Falla se abrió paso, y dejó para la historia el libreto de Margarita la tornera. El público torrejonero, que abarrotaba el Teatro Municipal José María Rodero, recorría con cada número la biografía del compositor, con el País Vasco como gran telón de fondo.
De su matrimonio con Cecilia de Yturralde nacieron Guillermo Fernández-Shaw (1893-1965) y Rafael Fernández-Shaw (1905-1967). El primero fue quien recogió el testigo y elevó el apellido a mito. Colaboró estrechamente con Federico Romero, y de su pluma salieron los libretos de Doña Francisquita (con música de Amadeo Vives), El caserío (Jesús Guridi), La chulapona y la inolvidable Luisa Fernanda, cuya melodía sigue sonando en cada verbena madrileña cuando se acerca el 15 de mayo. En la segunda parte de la función, los espectadores se introdujeron en los ensayos de esta obra cumbre, reviviendo su dúo de los borrachos y el homenaje a Mozart. Tan importante fue su legado que cuando falleció era director general de la Sociedad General de Autores de España.
Su hermano Rafael (Rafael Fernández-Shaw Iturralde) fue también dramaturgo, libretista y poeta. Las zarzuelas de la saga, que entre 1888 y 1965 sumaron más de un centenar de obras, corrían a cargo de compositores de la talla de Chapí, Falla, Jiménez, Guerrero, Guridi, Moreno Torroba, Romo, Serrano, Sorozábal y Vives. Era, en esencia, la aristocracia del libreto.
El homenaje de este año de AZTA tuvo mucho de aquel con el que sorprendieron a los torrejoneros hace un año con el tributo a Chueca, entendiendo la zarzuela casi como un musical para acercarla a las nuevas generaciones. La agrupación, que en estos dos años ha demostrado que no tiene miedo a innovar, volvió a hacerlo con una fusión de culturas que no pasó indiferente a nadie. Se rodearon en el escenario del grupo de coros y danzas Los Conquistadores del Círculo Extremeño, que le dieron un toque distinto a algunas de las zarzuelas más conocidas como la de Los segadores.
Y si todo esto ocurría en la primera parte, la segunda fue un crescendo constante. Al igual que hicieron en la anterior obra, la agrupación rompió la cuarta pared. Apareció en el patio de butacas una espontánea que se acercó al escenario con la emoción contenida. No era una espectadora al azar. Era la nieta del compositor, que había acudido a Torrejón acompañada de varios miembros de la familia para entregar un ramo de flores y presenciar cómo su legado latía de nuevo.
Apareció también sobre el escenario un jovencísimo Alfredo Kraus pidiendo una oportunidad al maestro. Y con una autorreferencia a la familia, interpretada para recordar una de sus romanzas más conocidas, concluyó la función. La actuación ponía el punto de partida a la programación que Torrejón va a dedicar a San Isidro, que entroncará directamente con la semana de los mayores. La noche terminó con el aplauso del público emocionado, demostrando que, pase lo que pase, la zarzuela sigue viva. Y que mientras haya asociaciones como la AZTA, el género chico no morirá. Tampoco el apellido Fernández-Shaw