Del memento mori de los claustros medievales al pan de muerto mexicano
Hay un momento en la mañana del 1 de noviembre en que los cementerios dejan de ser lugares tristes. Ocurre cuando el sol empieza a calentar las losas y las familias empiezan a llegar con sus flores, sus cubos de agua y sus trapos. Los niños corretean entre las tumbas, los abuelos señalan lápidas y cuentan historias de gente que murió antes de que los más pequeños nacieran, y alguien, en algún rincón del camposanto, limpia una foto con el pulgar. No es una fiesta, ni un luto. Es la forma que tenemos los vivos de decirles a los muertos que siguen formando parte de la conversación.
La fiesta de Todos los Santos, que la Iglesia católica celebra el 1 de noviembre, nació en el siglo VIII, cuando el papa Gregorio III consagró una capilla en la basílica de San Pedro a todos los santos, incluidos los no canonizados. En el siglo IX, el papa Gregorio IV la extendió a toda la cristiandad, y la fecha se fijó en el 1 de noviembre para coincidir con la festividad celta de Samhain, que marcaba el final de la cosecha y el inicio del invierno. La Iglesia no inventó la celebración: la absorbió, la reinterpretó y le dio un nuevo significado.
En la Edad Media, el Día de Todos los Santos se convirtió en una fecha central del calendario cristiano. Los claustros de los monasterios se llenaron de representaciones de la muerte, los *memento mori*, que recordaban a los monjes que la vida es breve y que la única riqueza que sobrevive al cuerpo es la virtud. Los artistas esculpieron calaveras, esqueletos y relojes de arena en los capiteles de las iglesias. La muerte, lejos de ser un tabú, era una presencia cotidiana, una maestra de vida.
En España, la tradición más arraigada sigue siendo la visita al cementerio. Las familias limpian las tumbas, colocan flores frescas —crisantemos, sobre todo, pero también claveles y margaritas— y rezan un padrenuestro. En algunos pueblos, se lleva comida a los difuntos y se deja un plato en la mesa para el familiar que ya no está. Es una forma de decir que la mesa sigue puesta.
En México, la celebración es mucho más festiva. El Día de Muertos, declarado Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la Unesco en 2008, es una explosión de color, música y comida. Las familias construyen altares con fotos de los difuntos, flores de cempasúchil, velas, calaveras de azúcar y pan de muerto. No se llora: se celebra. La muerte no es el final, sino un viaje de vuelta. Y los vivos preparan la fiesta para recibirlos.
En otros lugares del mundo, la relación con los muertos es diferente. En Madagascar, la tribu de los merina celebra el *famadihana*, una ceremonia en la que desentierran a sus antepasados, los envuelven en nuevos sudarios de seda y bailan con ellos al son de la música. En Filipinas, el *Undas* combina la tradición católica con ritos ancestrales: las familias pasan la noche en los cementerios, comen, juegan a las cartas y cantan. En Japón, el *Obon* es una fiesta de bienvenida a los espíritus de los antepasados, que regresan a casa durante tres días.
Los estoicos lo llamaban *memento mori*: recuerda que vas a morir. No era una amenaza, sino una invitación a vivir con intensidad, a no perder el tiempo en lo que no importa. Los monjes medievales lo esculpían en los claustros. Los pintores del Barroco lo pintaban en las *vanitas*, bodegones con calaveras, velas a medio consumir y flores marchitas. La muerte, decían, es la única certeza, y por eso hay que vivir con lucidez.
Hoy, en la era de la hiperconexión y de la eterna juventud, la muerte ha vuelto a ser un tabú. Los cementerios se han convertido en lugares incómodos, y la conversación sobre la finitud se ha desplazado a los márgenes. Pero el 1 de noviembre, una vez al año, la sociedad se detiene, aunque sea brevemente, y recuerda a sus muertos. No lo hace con miedo, sino con flores. No lo hace con desesperación, sino con pan y con vino.
Hay una tradición española que se niega a morir, la de la feria del libro de viejo, que cada 1 de noviembre se instala en la Plaza Mayor de Madrid y en otras plazas de España. Los libreros de viejo sacan sus tesoros, sus incunables, sus ediciones agotadas y sus libros de segunda mano, y los paseantes hojean, regatean y compran. Es una metáfora perfecta de lo que significa este día: los muertos, como los libros viejos, siguen vivos mientras alguien los lee, los recuerda y los compra.
No hay celebración sin comida. En España, el 1 de noviembre se comen huesos de santo y buñuelos de viento, dos dulces que tienen forma de calavera y de nube. En México, el pan de muerto, un bollo dulce con forma de cúpula, espolvoreado con azúcar y decorado con tiras de masa que simulan huesos. En Italia, los *ossi dei morti*, galletas de almendra con forma de hueso. La comida es una forma de recordar, de compartir, de seguir celebrando la vida en torno a una mesa.
El 1 de noviembre, los vivos y los muertos hablan. Lo hacen a través de las flores, de los rezos, de las fotos, de los libros viejos y de los dulces. Lo hacen a través del silencio en los cementerios y del bullicio en las ferias. Lo hacen porque, al final, la muerte no es lo contrario de la vida, sino su otra mitad. Y mientras haya alguien que se acuerde, que cocine, que lea o que rece, los muertos seguirán formando parte de la conversación. |