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31
Oct
2026
Cuando el verdadero miedo no lleva máscara PDF Imprimir E-mail
Punto D Vista - Editorial
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España celebra este sábado un Halloween muy diferente

Hay una escena que se ha repetido esta semana en decenas de municipios de España. Los operarios municipales subían a las grúas para desmontar las calabazas de plástico, los actores se quitaban el maquillaje de zombi antes de tiempo y los carteles de "suspendido por luto oficial" se pegaban sobre los anuncios de pasajes del terror. El país entero, o al menos su calendario festivo, se detenía en seco. Y no era por miedo, precisamente. Era por respeto.

Porque el miedo, el de verdad, el que no se elige, ya se había instalado en nuestras casas el miércoles por la mañana. No llegó con un disfraz de Drácula ni con un hacha de gomaespuma. Llegó con la forma de un tren de alta velocidad que no frenó a tiempo, con una pantalla verde de fósforo de 1992 y con una orden por radio que decía "vía libre" cuando la vía estaba ocupada. Llegó con 69 nombres, con 70 familias esperando una llamada que no llegó y con la certeza de que el sistema que debía protegernos había fallado estrepitosamente.

Ese es el verdadero miedo. El que no tiene taquilla. El miedo real no se va con un "suspendido". Se queda. Se queda en la pantalla de Atocha, en los audios filtrados, en las declaraciones de un ministro que se niega a dimitir. Se queda en las familias de Valencia que, dos años después de la dana, siguen esperando que alguien les explique por qué la alerta llegó cuando el agua ya les cubría las rodillas.

El Halloween de 2026 no se recordará por sus pasajes del terror ni por sus disfraces. Se recordará porque, por una vez, la fiesta del miedo se topó con algo que le hacía sombra. Y ese algo era tan real, tan crudo y tan profundamente humano que ningún maquillaje podía disimularlo.

Los monstruos de verdad no llevan máscara. Llevan un sistema de señalización obsoleto, una orden mal dada y una negligencia institucional que se cobra vidas mientras los responsables miran para otro lado. Y no cobran cuatro euros por asustarte. Cobran la confianza de un país entero en sus trenes, en sus instituciones y en su capacidad para proteger a los ciudadanos. Este Halloween, los niños se han quedado sin calabazas. Pero los adultos hemos perdido algo mucho más valioso: la ingenuidad de creer que el miedo solo existe en las películas. Y eso, aunque no lo digan los carteles, es un susto que no se nos va a pasar nunca.

 

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