Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y mostrarle publicidad relacionada con sus preferencias mediante el análisis de sus hábitos de navegación.
Si continúa navegando, consideramos que acepta su uso. Puede obtener más información, o bien conocer cómo cambiar la configuración, en nuestra Política de cookies
08 Jul 2023 |
|
Sustituye a Carlos Osoro después de nueve años en el cargoTan sólo dos días después de que el nuevo Obispo de Alcalá tomase posesión de la Sede, la Conferencia Episcopal anunciaba otro cambio de relevancia en la región, pues el Cardenal Carlos Osoro dejaba de ser Obispo de la Diócesis de Madrid para dejar el puesto a José Cobo. La catedral de Santa María la Real de la Almudena ha acogido este sábado 8 de julio la multitudinaria Eucaristía con la que monseñor José Cobo ha dado inicio a su ministerio pastoral como arzobispo de Madrid. Una solemne celebración en la que ha estado acompañado por sus familiares y amigos, y en la que no ha querido que faltaran representantes de su nueva familia: sacerdotes, consagrados, religiosos y laicos. Y es que, al preparar esta ceremonia, ha dejado muy claro que todos ellos tenían que tener cabida en la misma, reservando un lugar especial para los más vulnerables. Así, medio centenar de personas pertenecientes a la Pastoral del Sordo, a la Mesa de la Discapacidad, inmigrantes y sin techo han ocupado un sitio preferente en el templo catedral, en el que también han estado presentes autoridades y personalidades de la vida política -Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, José Luis Martínez-Almeida, alcalde de la ciudad, y Francisco Martín Aguirre, delegado del Gobierno, entre otros-, social, cultural y judicial madrileña. También han sido numerosos los hermanos obispos -un total de 60- así como los sacerdotes -más de 350 concelebrando-, miembros de la vida consagrada y laicos los que han querido estar junto al ya arzobispo metropolitano en esta Misa que ha contado con dos rituales de gran significado: la imposición del palio y la toma de posesión de la cátedra. A su llegada a la puerta principal de la catedral, acompañado por el administrador apostólico, el cardenal Carlos Osoro, y el nuncio de Su Santidad en España, monseñor Bernardito Auza, ha sido acogido por representantes de las Hermandades y Cofradías de la diócesis, y recibido por los obispos auxiliares de Madrid y miembros del cabildo catedral y del colegio de consultores, a quienes ha sido presentado como su nuevo pastor. Después de venerar el lignum crucis, se ha trasladado a la capilla del Santísimo antes de ir a la sacristía mayor para prepararse para la Eucaristía. La procesión de entrada, con los obispos concelebrantes, ha dado inicio a la Misa, que ha estado animada por el Coro Santa María la Real de la Almudena y la Escolanía Virgen de la Almudena. Una vez en el altar, y tras unas cariñosas palabras del nuncio, que le ha transmitido el saludo del Santo Padre, ha tenido una breve intervención el cardenal Osoro, que ha pedido para el nuevo arzobispo el don de la sabiduría necesario para que, junto «con los sacerdotes, la vida consagrada y los laicos, mantengas viva la fe de la diócesis», siendo «protagonistas de un anuncio creíble del Evangelio. Que el Señor te ayude, que el Espíritu Santo te ilumine y que la Virgen María bajo la advocación de la Almudena te acompañe siempre». Tras la lectura de las letras apostólicas por parte del canciller, Alberto Andrés Domínguez, ha tenido lugar la imposición del palio, ornamento propio de los arzobispos metropolitanos que hace alusión al pastoreo y, en particular, al gesto de llevar la oveja a los hombros, como Jesucristo Buen Pastor, y que significa la comunión con el Papa. A continuación, monseñor Cobo se ha sentado en su cátedra, donde ha recibido el abrazo en comunión del cardenal Osoro y de los obispos de la Provincia Eclesiástica. Además, un grupo de sacerdotes, religiosos y fieles laicos le ha manifestado también su adhesión y obediencia en representación de toda la diócesis. Después del aplauso de todos los asistentes, ha continuado la Eucaristía, ya presidida por el nuevo arzobispo. En el rito de conclusión, el ya arzobispo titular ha dirigido unas palabras a sus nuevos diocesanos. Una acción de gracias a Dios en la que, emocionado, ha hecho un rápido repaso por su vida. «El Señor es mi pastor: este fue el canto de Agustín y Pauli, cuando llegaron a Madrid hace muchos años, dejando su pueblo y adentrándose en una ciudad incierta, desconocida y llena de migrantes como ellos. Venían como tantos, del pueblo a la ciudad con sus hijos pequeños del brazo y con la fe curtida en el corazón. Sin teorías, pero confiados en los caminos que solo el Señor abriría. Te alabamos, Pastor bueno, por cuidarnos con rostro de pueblo, de familia, de abuelos, tíos y sobrinos». Unos años, los setenta, en los que «se abrieron caminos llenos de amigos, de parroquias, de rincones donde no puedo dejar de agradecer que me enseñaste, por ellos, a comenzar a escuchar tu voz presente y actual en medio de tu Pueblo». «Gracias, ha dicho, a cuantos me iniciasteis a descubrir que Dios habita la ciudad entre búsquedas y muchos procesos. Sois los amigos, sacerdotes y laicos que me habéis traído aquí, a este nuevo comienzo», con una mención especial a Pepe Reyero, «mi director espiritual y amigo desde el seminario que profetizó un día, en su mesa camilla de Carabanchel, que Dios tenía una cruz especial preparada para mí para que fuera más de Él». La comunidad de Taizé o el obispo de Jaén y los paisanos de su pueblo natal, Sabiote, con su alcalde incluido, han sido citados en un repaso agradecido que le ha llevado a la misma sede en la que hoy se sienta, y donde «hace 29 años me arrodillé para dejar que las manos de don Ángel Suquía me abrazasen para sacar del corazón la promesa de obediencia y respeto. Luego, Señor, tu pastoreo me condujo a postrarme por dos veces en este suelo para que la tierra de Madrid fuese el lugar donde quieres que me enraíce, pisando el polvo de esta ciudad, a ras de tierra, como sacerdote primero y como obispo después, siempre desde el suelo. Hasta hoy». Su listado ha alcanzado al nuncio, a quien ha transmitido la oración y cercanía de la diócesis con el Santo Padre; a los obispos auxiliares de Madrid; al cardenal Rocuo, «que con su ministerio me acompañó en mis años de sacerdote y condujo esta diócesis. Seguiremos caminando»; y al cardenal Osoro, «por su servicio y su amistad, por las tormentas compartidas y por su sacrificio». También ha trasladado su gratitud a los obispos concelebrantes y a los que no han podido asistir a la celebración, asegurando que «con vosotros, de verdad, es más fácil este camino. Gracias por dejar aquí vuestra voz». Y al presbiterio diocesano, «que me ha moldeado. Somos plurales, es verdad. Dicen que cada cura de Madrid tiende a ser más obispo que cura, pero sois el presbiterio generoso, trabajador y perseverante que me ha sostenido como compañero y que hoy abraza a quien solo aspira a servir, educar y celebrar con Cristo». El seminario, la vida consagrada, los pobres y amigos, los miembros de las iglesias hermanas y de otras confesiones presentes, los de las comunidades islámicas, las autoridades asistentes, o quienes trabajan por y para la Iglesia diocesana… han formado parte de su plegaria oracional, que ha concluido manifestando: «Gracias, Señor, por esta diócesis de Madrid. Por los que están y por los que vendrán». Tras impartir la bendición final, y mientras se cantaba el himno a la patrona, monseñor José Cobo ha subido a su altar para venerar la imagen de la Virgen, acompañado por los dos arzobispos eméritos de Madrid. Por último, el arzobispo ha recorrido la catedral para saludar personalmente a cada uno de los fieles presentes. «No olvidamos que somos una Iglesia samaritana». Así lo ha manifestado monseñor José Cobo Cano en la Misa que ha presidido en la catedral de Santa María la Real de la Almudena con motivo del inicio de su ministerio pastoral como arzobispo de Madrid. Una Eucaristía celebrada en un templo abarrotado de fieles, y concelebrada por el nuncio apostólico, Bernardito C. Auza; los arzobispos eméritos de Madrid, cardenales Carlos Osoro Sierra y Antonio María Rouco Varela, y los auxiliares de la diócesis, Juan Antonio Martínez Camino y Jesús Vidal Chamorro; los cardenales arzobispos eméritos de Valencia, Antonio Cañizares Llovera, y de Valladolid, Ricardo Blázquez Pérez; el cardenal misionero claretiano, Aquilino Bocos Merino; los arzobispos de Valladolid, Luis Argüello García, Valencia, Enrique Benavent Vidal, castrense, Juan Antonio Aznárez Cobo, Granada, José María Gil Tamayo, Pamplona, Francisco Pérez-González, Urgell, Joan Enric Vives i Sicilia, y Tánger, fray Emilio Rocha Grande; y los arzobispos eméritos de Burgos, Fidel Herráez Vegas, y de Zaragoza, Vicente Jiménez Zamora, entre los más de 60 obispos que han acudido, además de 350 sacerdotes. En su homilía, el arzobispo de Madrid ha hablado de comienzos: «Hoy es un día singular en el que nos abrimos a un comienzo. Un comienzo que se apoya en comienzos de otros que han sembrado antes. Un comienzo que, como todo lo que viene del amor de Dios, no tiene fin y a todos nos abraza». En este sentido, ha expresado su agradecimiento a los que forman parte de ese comienzo: «a la comunidad cristiana de Madrid» y «a todos cuantos me acogéis con tantas muestras de afecto y de corresponsabilidad eclesial»; a los obispos concelebrantes, así como a los «sacerdotes, diáconos, laicos, consagrados y consagradas», a los «hermanos de otras iglesias y comunidades islámicas», a todas las autoridades presentes en la celebración y, en especial «a tantos y tantos amigos de aquí y de muchos rincones que habéis venido a participar de esta Eucaristía que nos abraza a todos». En alusión a los comienzos de Jesús, ha recordado que «ser cristiano es dejar que lo que el Espíritu hace en Jesús lo haga en todos nosotros, en su cuerpo, en su Iglesia. Somos sus ungidos y sus cristianos por el don del bautismo». «Tendremos que cambiar lenguajes y ajustar fórmulas pastorales a este momento», ha reconocido, ya que «el cambio de época lo reclama para anunciar la fascinación del Evangelio a una ciudad y a unos pueblos y unas gentes sedientas de él». Y, para ofrecerlo «con coherencia y sin atajos», ha invitado a los presentes «a ahondar en la base: profundizar, celebrar y centrarnos en torno a nuestra común condición de bautizados». «Bautizados para señalar a Dios», ha insistido, y para señalar, «como hacéis tantos de vosotros, lugares concretos por donde habita Dios en Madrid. Esa es la sed que necesita ser saciada a nuestro alrededor». Por eso, ha exhortado a «ser testigos de la voz de Cristo», no de forma individualista o fragmentaria, «sino de manera comunitaria» y «aprendiendo a empastar las diferencias». Una tarea, ha dicho, para la que es necesario «re-enamorarnos de esta porción de la Iglesia particular y de toda la Iglesia en ella», buscando «la belleza y la vitalidad que, a pesar de sus arrugas, Cristo le da al habitarla y dar la vida por ella». Un amor a la Iglesia, ha apuntado, «no por lo que queremos que sea, sino por lo que es», y desde dentro. «Si no despertamos este enamoramiento y esta pasión, nuestro testimonio cristiano será un aburrido eco de nosotros mismos», ha confesado. «Hoy es un buen momento para que reavivemos nuestra conciencia diocesana, inserta en la Iglesia universal», ha asegurado. Porque, «como a los apóstoles en Pentecostés, Madrid necesita escucharnos, cada uno en su propia lengua, pero unidos». Todo ello, mediante el diálogo y el entendimiento, valorando «la vida de nuestras comunidades», e impulsando «parroquias y realidades eclesiales de todo tipo alrededor de la misión. Comunidades abiertas, familiares y, sobre todo, que remitan a Dios. Que proclamen con obras, palabras y celebraciones la fuerza seductora del Evangelio». «Queremos caminar siempre al ritmo ágil y libre de Jesús, el Cristo; siempre atentos a quienes quedan descartados al borde del camino», ha incidido. «Las migraciones, la desigualdad, la soledad, la violencia y el sinsentido son los rincones donde las personas desplazadas, los pobres, los cautivos, los ciegos y oprimidos esperan a los seguidores de Cristo unidos, para ser rescatados y reconocidos como hijos de Dios». Porque «no olvidamos que somos una Iglesia samaritana». Y es que, para monseñor Cobo Cano, sin los pobres «no hay camino. Sin su inclusión social y eclesial la alegría del Evangelio sería un imposible». También «aspiramos a que nuestra voz hoy llegue a toda la ciudad. A cuantos hombres y mujeres de buena voluntad quieran escucharla». En este sentido, se ha dirigido a las autoridades: «Contad con la sincera voz y ayuda de la Iglesia para trabajar por el bien común y para impulsar una cultura del encuentro», porque «como cristianos y ciudadanos, queremos aportar nuestra voz y nuestra visión al desarrollo humano integral». Así, «no vais a encontrar a la Iglesia de Madrid en los vagones de cola», ya que «el Evangelio es una potentísima locomotora capaz de ir en vanguardia aportando trascendencia, valores y una concepción del ser humano que nos ayuda a ser más felices, sabiendo que somos regalo de Dios con una doble nacionalidad: peregrinos en la tierra y convocados a ser ciudadanos del cielo». En alusión al ministerio pastoral que hoy comienza, ha enunciado su deseo de que «mi guía sea la de Cristo pastor, el que acoge, desde la caridad pastoral, prioritariamente a los heridos y perdidos», para lo que ha pedido la ayuda, la oración y la bendición de todos los presentes. «Para que este Evangelio siga resonando en nuestro viejo y querido Madrid. Y que suene a ofrenda, a oblación y a servicio». Y ha concluido su reflexión con la seguridad de que «los entrañables brazos maternales de la Virgen de la Almudena sostengan nuestra ofrenda». La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, ha participado en la solemne eucaristía con la que se ha dado inicio al ministerio pastoral de José Cobo como arzobispo de Madrid. La misa, a la que también ha asistido el alcalde de la capital, José Luis Martínez-Almeida, se ha celebrado en la Catedral de Santa María la Real de la Almudena, tras la que Cobo se ha convertido en el 13º titular de la archidiócesis madrileña. En el transcurso del oficio religioso, el nuevo arzobispo ha recibido el palio episcopal de manos del nuncio de Su Santidad el Papa Francisco en España, monseñor Bernardito Cleopas Auza. Cobo, que hasta ahora era obispo auxiliar de Madrid, releva al frente del arzobispado al cardenal Carlos Osoro, cargo del que era titular desde el año 2014. El pasado 12 de junio se hizo público el nombramiento de monseñor José Cobo Cano como arzobispo de Madrid. Se convierte así en el 13º titular de la archidiócesis madrileña, sucediendo al cardenal Carlos Osoro Sierra. Además, el 29 de junio, el arzobispo electo, junto a otros 31 arzobispos, cuatro de ellos españoles, recibió el palio episcopal de manos del Papa Francisco. Este le fue impuesto en la Eucaristía de este sábado de manos del nuncio de Su Santidad en España, monseñor Bernardito Cleopas Auza. Por su parte, hoy domingo 9 de julio, el nuevo arzobispo de Madrid celebrará su primera Eucaristía como obispo titular de la diócesis en Aoslos, localidad de la Sierra Norte de Madrid y uno de los más pequeños de la archidiócesis. La basílica de San Pedro en Roma acogía el jueves, 29 de junio, la celebración de la Eucaristía en la solemnidad de san Pedro y san Pablo. En ella, el Papa Francisco ha entregado el palio a los nuevos arzobispos, entre ellos monseñor José Cobo, de Madrid. En declaraciones para El Espejo de Madrid de COPE, el arzobispo electo ha asegurado que este era «un momento imponente de responsabilidad y de establecer puentes con Roma». Un acontecimiento «especial», ha señalado, y ha destacado lo que más le ha movido el corazón al ver el palio: «Tiene como dos borlas: una, la conexión con Roma y con Pedro, para que no nos vayamos cada uno por nuestro lado; y otra, la oveja perdida», porque no está hecho con lujos «y nos evoca a los perdidos, a los que no tienen a nadie». Efectivamente, el palio arzobispal es una faja de lana blanca hecha de dos corderos criados por las religiosas del convento romano de San Lorenzo, en Panisperna. Estos animales son bendecidos el día 21 de enero, día en que se conmemora el martirio de santa Inés, y el palio es tejido por las religiosas benedictinas de Santa Cecilia del Trastevere. Una vez elaborados, se colocan en un cofre de plata junto al sepulcro de san Pedro, en el llamado nicho de los palios, donde se custodian durante un año, por lo que se consideran reliquias de tercer grado, por contacto. La faja mide entre 4 y 6 centímetros de ancho y está adornada con seis cruces negras, que simbolizan las heridas del Cordero de Dios, y dos orlas de seda negra. A diferencia del del Papa, no es circular, sino que tiene un rectángulo anterior y posterior. El palio lleva tres alfileres por los tres clavos usados en la crucifixión de Jesucristo. Se colocan en las tres cruces que se encuentran debajo del cuello, en el hombro izquierdo y en el hombro derecho, con las cabezas hacia el lado derecho miradas desde el frente. En la solemnidad de san Pedro y san Pablo, durante la Eucaristía en la basílica de San Pedro, lo palios son portados por varios diáconos desde el nicho hasta la sede de Pedro y son bendecidos por el Sucesor de Pedro —«que quienes por tu don lleven estos palios se reconozcan como pastores de tu rebaño»—. Los arzobispos nombrados durante el año, presentes en la basílica, pronuncian su juramento de fidelidad y obediencia a la Iglesia y al Papa. En definitiva, el palio representa la presencia de Cristo en el trabajo del arzobispo; es un ornamento litúrgico signo de comunión con el Santo Padre y de la misión del arzobispo de ser buen pastor. Monseñor José Cobo ha recibido el palio arzobispal este 29 de junio en una Eucaristía a la que ha asistido, pero no presidido, el Santo Padre, aún recuperándose de su último ingreso hospitalario. A pesar de ello, ha pronunciado la homilía, en la que ha definido a Pedro y a Pablo como «dos apóstoles enamorados del Señor». Siguiendo el hilo del Evangelio proclamado, cuando Jesús le pregunta a Pedro quién es para él, Francisco ha revelado que «la respuesta de Pedro podría resumirse en una palabra: seguimiento». El seguimiento de Jesús, ha continuado, «es inaplazable, no podemos dudar, no podemos poner excusas», y ha advertido del «disfraz de espiritualidad», «como cuando decimos “no soy digno”». Esto «es un truco del demonio que nos roba la confianza en la gracia de Dios, haciéndonos creer que todo depende de nuestras capacidades». Si la respuesta Pedro consistió en el seguimiento, «la de Pablo fue el anuncio, el anuncio del Evangelio». En él, «encerrado en el orgullo de su rígida observancia», «todo comenzó por gracia», por el encuentro con Jesús. Y cuanto más anunciaba el Evangelio, ha observado Francisco, más conocía a Jesucristo. Por eso, la respuesta de quién es Jesús en Pablo «no se responde con una respuesta intimista»; él enseña «que crecemos en la fe» y en el conocimiento de Cristo cuanto más se le da a conocer. «Cuando evangelizamos somos evangelizados». Esta es, ha afirmado el Pontífice, la llamada a la Iglesia de hoy: poner el anuncio en el centro. El Papa ha concluido pidiendo para los nuevos arzobispos que sean como Pedro y Pablo, «discípulos en el seguimiento y apóstoles en el anuncio». Junto a monseñor Cobo han recibido el palio de manos del Papa, al final de la celebración, otros 31 arzobispos, entre ellos los españoles monseñor Enrique Benavent, nuevo arzobispo de Valencia; monseñor José María Gil Tamayo, de Granada, y monseñor Francisco José Prieto, de Santiago de Compostela. También, entre otros, el nuevo de Buenos Aires, monseñor José Ignacio García Cuerva; el de Katowice (Polonia), monseñor Adrian Jósef Galbas, o el de Caracas (Venezuela), cardenal Baltazar Porras. Al término de la celebración, monseñor Prieto, con un proceso parejo al de monseñor Cobo al haber accedido al arzobispado desde su ministerio de obispo auxiliar, ha hablado de «emoción». «Emoción de vivir un momento como este que es un momento de comunión con Roma, con el Sucesor de Pedro, con el Papa, y una comunión entre los hermanos obispos». A su vez, ha asegurado que ahora toca «asumir una responsabilidad» que es «una llamada a un mayor servicio», «aunque también es cierto que es mayor la abundancia de gracia que el Señor da para llevar adelante este ministerio». Sobre el Papa, ha comentado que lo ha visto bien, que «nos conoce personalmente» y que ha «estado amable y sonriente» con ellos. Monseñor Prieto le ha aprovechado para reiterarle su deseo de recibirlo en la ciudad. «Santo Padre, Santiago de Compostela lo espera», le ha animado. La Misa propia de la solemnidad de San Juan Bautista celebrada en la catedral de Santa María la Real de la Almudena ha sido aplicada en acción de gracias por los nueve años de pontificado del cardenal Carlos Osoro como arzobispo de Madrid. Presidida por el administrador apostólico de la diócesis, en ella han concelebrado los cardenales Antonio María Rouco Varela, arzobispo emérito de Madrid, Juan José Omella, arzobispo de Barcelona, y Aquilino Bocos, CMF; el arzobispo castrense, Juan Antonio Aznárez; el arzobispo electo de Madrid, José Cobo, y los obispos auxiliares, Jesús Vidal y Juan Antonio Martínez Camino, SJ; el nuncio de Su Santidad, Bernardito C. Auza; el arzobispo emérito de Burgos, Fidel Herráez, y el de Zaragoza, Vicente Jiménez; el obispo de Calahorra y La Rioja-Logroño, Santos Montoya, el de Guadalajara, Atilano Rodríguez, y el de Palencia, Manuel Herrero, osa; el obispo auxiliar de Valencia, Esteban Escudero; y los obispos eméritos de Palencia, Javier del Río, Getafe, Joaquín María López de Andújar, Alcalá de Henares, Juan Antonio Reig Plá, Carora (Venezuela), Luis A. Tineo, y Callao (Perú), José Luis del Palacio. Además, más de 200 sacerdotes, distribuidos por el presbiterio y el altar de la Virgen, se han sumado a esta celebración que ha estado animada por el Coro de la catedral de la Almudena, bajo la dirección de Félix Castedo, y a la que han asistido numerosos fieles, entre los que se encontraban el alcalde de la capital, José Luis Martínez Almeida, el ex ministro José Bono o el ex alcalde de la ciudad, José María Álvarez del Manzano. Al comienzo de su homilía, el cardenal Osoro ha manifestado su agradecimiento a todas las personas presentes en la Eucaristía. Gratitud que ha trasladado de manera especial al cardenal Rouco, «que me entregó la archidiócesis de Madrid hace nueve años con toda la riqueza que su ministerio y gobierno había fraguado la vida de esta Iglesia diocesana. Gracias, señor cardenal». «Me despido como arzobispo de Madrid y comienzo una etapa nueva en mi vida», ha dicho, «en la que las responsabilidades de gobierno pastoral de la diócesis terminan, pero me sigue quedando la responsabilidad que recibí con mi ordenación: entregar con mi vida la mejor noticia, la persona de Jesucristo». A continuación, y antes de realizar un repaso por las distintas etapas recorridas a lo largo de su vida, ha asegurado que «todos los lugares donde he estado han sido una gracia de Dios», evocando de forma singular «aquellos años vividos tanto en el Colegio Mayor de El Salvador, como en la Universidad Pontifica de Salamanca, que son para mí dos realidades que junto con los profesores que tuve y los formadores, fraguaron mi vida y mi formación sacerdotal». En alusión a la Palabra proclamada, ha asegurado que «agradezco al Señor que a través de la Iglesia me siga recordando que me regaló una tarea especial». «Gracias, Señor, por tu elección y perdón por todas mis fragilidades e inconsecuencias que he tenido en la misión para la que tú me elegiste». «Pido al Señor que me perdone todo lo que no me hizo dar testimonio claro de Él. Y a todos vosotros os pido misericordia: quise pasar junto a vosotros haciendo el bien, pero sé que en algunas ocasiones no lo logré. Perdón, misericordia y gracias», añadió, afirmando que «doy gracias a Dios por este itinerario de mi vida episcopal. Aprendí a amar, servir y dar la vida en la Iglesia a la que quiero con toda mi alma» y en la que «el anuncio de Jesucristo ha sido mi pasión». En su lista de agradecimientos, no ha querido olvidar a nadie, mencionando a sus obispos auxiliares, al presbiterio diocesano, a la vida consagrada, a los dos seminarios madrileños -Conciliar y Redemptoris Mater- y sus seminaristas, «a los que he querido y he seguido su formación con toda mi alma»; y a «todos los que habéis asumido responsabilidades conmigo en el gobierno pastoral», así como a «todas las personas que el Señor me regaló en Madrid y puso a mi lado para que fuera su pastor. Ojalá en mi guía no hayáis tenido la sensación de ser extraños, sino de haber tenido padre y pastor». «He querido estar con todos, a los de dentro, a quienes he animado a que se acerquen y estén también con los de fuera», ha afirmado, manifestando su agradecimiento al Señor por todos los que le han ayudado, con un recuerdo especial y agradecido hacia la Institución Teresiana « que en la complejidad de mi ministerio, en todos los lugares donde he estado como Pastor, desde siempre he sentido su ayuda, cercanía, entrega y amor a la Iglesia, así como su compromiso en ser siempre manos, pies, corazón y vida de la Iglesia». «Rezad todos por mí, ha exhortado a los presentes. Os entregué mi tiempo, mi saber y mi hacer, estuve siempre ocupado por vosotros, perdonadme las veces o los momentos en los que os fallé en mi dedicación. Desde hoy mi trabajo y dedicación fundamental será seguir rezando por vosotros. Recé por todos vosotros, ahora lo seguiré haciendo con la gracia de Dios, con más tiempo y dedicación a la oración». Y ha concluido poniendo «a la Iglesia diocesana en manos de Nuestra Señora de la Almudena, a quien le digo: ¡ruega por nosotros!». Después de la Comunión, y como homenaje especial, se ha podido escuchar en el templo La fuerza de la cruz. Se trata de la XV estación del Vía Crucis de Toño Casado, cuya letra ayudó a componer el cardenal Osoro, y que ha interpretado en su honor el sacerdote y compositor, acompañando con su voz y al piano a los músicos Adrián Salcedo, Inma Mira y María Virumbrales. A continuación, monseñor Jesús Vidal ha dirigido unas palabras de agradecimiento al cardenal Osoro. En concreto, ha subrayado dos ejes «que han estado en el centro de su corazón y de su ministerio pastoral en Madrid» y «son la herencia que nos deja». El primero de ellos, «su deseo de comunión y de cercanía a todos en una diócesis tan grande y heterogénea como la de Madrid, con zonas urbanas inabarcables y una gran multitud de pequeños pueblos que no ha querido olvidar, especialmente en este último tiempo de su ministerio». «Nos ha regalado gestos con los que ha querido mostrar la mirada especial que Dios tiene para cada uno y que quedarán como impronta de su paso por nuestra diócesis», como los que ha tenido «hacia los más pobres, hacia los migrantes y los presos» así como «hacia las víctimas de abusos» o la vida consagrada, las familias y los jóvenes. De todos ellos, ha asegurado que los seminarios «son la niña de sus ojos». «Y todo ello para anunciar el evangelio, pues si comunión es la primera palabra que define su ministerio, la segunda, intrínsecamente unida a ella es misión». «Ha querido llevar adelante la conversión pastoral que el Papa Francisco nos proponía en Evangelii Gaudium, impulsando a todos los miembros del Pueblo de Dios a través de la visita a multitud de parroquias y de los Encuentros para la misión con los sacerdotes». Además, «su brazo ha estado permanentemente tendido a los que piensan diversamente, a las autoridades y agentes sociales de toda ideología, a los artistas, pensadores y científicos de variada sensibilidad, se ha prodigado para acercar a todos a la luz de un Cristo victorioso sobre todas las pesadumbres de la vida humana». Por todo ello, ha asegurado que «nos ha amado con un verdadero corazón de Padre y Pastor». «La diócesis de Madrid queda definitivamente unida a su ministerio y estamos seguros de poder seguir contando, ahora sin el peso de la responsabilidad, con su cercanía y su cariño, con su palabra y su consejo y, sobre todo, con su sacrificio y oración». Para finalizar, y recordando el deseo del cardenal Osoro de que la catedral sea un santuario mariano al que poder acudir para encontrarse con la Madre, «junto a una placa que recoge la memoria de tanto bien recibido, queremos hacerle un regalo sencillo: un rosario con la imagen de la Virgen de la Almudena, para que lo tenga en su capilla y nos siga poniendo junto al corazón de la Madre. Que la Virgen María, bajo la advocación de Nuestra Señora de la Almudena, le sostenga como fuerte columna y le bendiga por tanto bien que ha hecho entre nosotros». «Gracias por vuestra compañía, por vuestro trabajo, por vuestra entrega», ha concluido emocionado el cardenal Osoro, reiterando su gratitud a las personas que han conformado su equipo de gobierno durante estos años de pontificado. «Gracias a todos», ha insistido. «Hemos hecho comunión aquí, en esta diócesis de Madrid». «Gracias a todos. Y gracias por supuesto a este presbiterio diocesano que me ha acompañado» y «a todo Madrid». Tras el himno a la patrona de Madrid, Santa María la Real de la Almudena, ha impartido la bendición a los fieles. Con motivo de su nombramiento, monseñor José Cobo ha dirigido una carta a sus nuevos diocesanos en la que afirma recibir «con vértigo y sobrecogido» el nuevo ministerio y pide «que nos apoyemos en la grandeza de la fe que hemos recibido». También ha dicho sentirse «agradecido» por los pastores que le han precedido en el ministerio y mira al futuro «con confianza, apoyado en vosotros [los sacerdotes, diáconos, la vida religiosa y el laicado] y en el colegio apostólico». Además, ha expresado su preocupación por los problemas que hoy viven los cristianos y todos los vecinos de la diócesis y lo hace con la convicción de que «la Iglesia de Madrid está llamada a confrontarse con el mensaje evangélico», tratando de hacer frente a todos estos retos: «Los más pobres y vulnerables nos apremian desde el mismo Jesucristo». Finalmente, manifiesta su agradecimiento a toda la Iglesia que camina en Madrid, a Dios y al Santo Padre, a los obispos, sacerdotes y diáconos y a todo el laicado de la diócesis. José Cobo nació el 20 de septiembre de 1965 en Sabiote (Jaén). Licenciado en Derecho Civil por la Universidad Complutense de Madrid en 1988, ese mismo año entró en el Seminario Conciliar de La Inmaculada y San Dámaso, donde realizó sus estudios eclesiásticos de Teología. Entre 1994 y 1996 cursó los estudios de Moral en el Instituto Redentorista de Ciencias Morales de la Universidad Pontificia de Comillas. Fue ordenado sacerdote el 23 de abril de 1994 en Madrid. En la archidiócesis de Madrid fue designado viceconsiliario de Hermandades del Trabajo de Madrid (1994-2000), vicario parroquial de San Leopoldo (1995-2000), arcipreste de San Leopoldo (2000), miembro del Consejo Presbiteral (2000-2015), párroco de San Alfonso María Ligorio (2000-2015) y arcipreste de Nuestra Señora del Pilar de Aluche-Campamento (2002-2015), así como miembro de la Comisión Permanente del II Sínodo diocesano (2002-2005). Ha sido profesor en la Escuela de Agentes de Pastoral de Madrid (1996- 2000) y en el Centro de Estudios Sociales de Cáritas Diocesana de Madrid (2000-2012). En junio de 2015 fue nombrado vicario episcopal de la Vicaría II Nordeste y, desde diciembre de ese año, designado miembro del Consejo Presbiteral y del Consejo Diocesano de Pastoral. El 29 de diciembre de 2017 se hacía público su nombramiento como obispo auxiliar de Madrid, asignándole la sede titular de Beatia (Baeza, Biatien-sis), que tenía como metropolitana a Sevilla. Recibió la ordenación episcopal el 17 de febrero de 2018 en la catedral de Santa María la Real de la Almudena. En la Conferencia Episcopal Española ha sido responsable del Departamento de Pastoral Penitenciaria (2018-2021). Es miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social desde abril de 2018 que, tras la Plenaria de marzo de 2020, pasó a ser Comisión Episcopal de Pastoral Social y Promoción Humana. Y actualmente ejerce como responsable del Departamento de Migraciones desde que fue designado en el año 2019. |