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12
May
2026
La Hermandad del Rocío despide a su Simpecado en una romería pasada por agua PDF Imprimir E-mail
TorreNews - Sociedad Torrejón
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La lluvia, el viento y el frío acompañaron a los romeros durante todo el fin de semana

La Hermandad del Rocío de Torrejón de Ardoz vivió este fin de semana una romería de resistencia, pues la lluvia, el viento y el frío no dieron tregua. Aemet había activado la alerta amarilla, y aunque la mañana del sábado respetó la salida, el resto del fin de semana fue otra historia. Así, cuando el Simpecado volvió a la iglesia de San Juan Evangelista, las caras de los romeros mostraban un cansancio extremo: habían pasado frío, se habían empapado, habían peleado contra el barro y el viento, pero habían cumplido.

A las nueve de la mañana del sábado, los rocieros se reunieron en San Juan Evangelista para celebrar el tercer día del triduo en honor a la Virgen del Rocío. Tras la misa de romeros, amenizada por el coro, la carreta del Simpecado bajó las escaleras de la iglesia hacia la plaza, entre vivas, olés y canciones. El cielo aún no amenazaba. Tras comenzar el viaje, en plena calle Cardoso, a pocos metros de la salida, se vivió la primera petalada. Un momento único porque estuvo acompañado por la voz de Rafael de Córdoba, que dedicó una canción a la Virgen del Rocío.

El cielo empezó a descargar en la calle Veredilla. Primero débil, luego con más intensidad. Pero para una hermandad que cruzó el camino de los Tarajales en pleno temporal, cuatro gotas no son nada. Paraguas y plásticos protectores para banderas, estandartes y la propia carroza, se hicieron presentes. La romería aceleró el paso en busca de refugio, pero antes de llegar al puente de Loeches, el cielo dejó de llorar.

Había que llegar al recinto ferial antes de las 14:00 horas, cuando las previsiones daban lluvia casi segura. Por eso, y tras un breve parón en el parque Granada, continuaron por la avenida de la Constitución hasta el puente de Loeches, donde se vivió la segunda petalada. El último tramo también se aceleró, con un parón muy corto bajo el puente. En el recinto ferial, y sin el tradicional pasillo de caballos (el día no animaba a la equitación), el Simpecado llegó a su destino. Tras el desenganche de los bueyes y la colocación de la carpa, se extendió el olor a romero por todo el ferial.

Pero no todo fueron problemas. El cambio de planes dejó una imagen para la historia: los rocieros hicieron pasillo a la Casa de Andalucía para protagonizar un emotivo encuentro. Ambos presidentes se fundieron en un abrazo y se intercambiaron ramos de flores, un momento cargado de simbolismo que reforzaba el pasado común que ya se había reivindicado en el pregón. Minutos después de dejar el Simpecado, un primer chaparrón cayó sobre ellos mientras preparaban las tiendas. Fue solo el principio. Por la tarde, otra importante lluvia les sorprendió.

La noche del sábado, el recinto ferial se quedó a oscuras. Solo permanecían encendidas las luces de las velas que llevaban los romeros y las que iluminaban la carreta del Simpecado. Fue el rosario nocturno, una de las imágenes más bellas y sobrecogedoras de la romería: el silencio roto solo por el rezo en torno a la carreta. La mañana del domingo amaneció mejor, pero en plena misa de romeros, con todos congregados alrededor de la caseta, un impresionante aguacero descargó sobre Torrejón, dificultando enormemente la celebración de la Eucaristía. El agua empapó vestidos, enjugó estandartes y obligó a refugiar los ornamentos. Aún así, la fe no flaqueó.

Y así, algo después de las 20:00 horas, tocaba reiniciar el viaje de regreso. El camino fue más corto que el de ida, buscando el refugio de San Juan Evangelista. Los vecinos les acompañaron por la calle Pesquera, donde vivieron un pequeño parón para bailar sevillanas antes de acercarse a la plaza. Y allí llegó el momento más esperado, el más puramente rociero de la romería torrejonera: la entrada en la iglesia. Los hombres, agarrados a las tablas, arrastraban la carreta para hacerla subir los escalones. Las mujeres, con fuerza y decisión, empujaban desde atrás. Entre todos, con un esfuerzo colectivo que contrastaba con el cansancio acumulado, lograron que el Simpecado accediera al templo. Fue un momento de catarsis. Una explosión de fuerza en honor de la Virgen del Rocío.

Antes, el coro se había ubicado sobre las escaleras para ir cantando los distintos pasos del desenganche de los bueyes. Una vez liberados los animales, comenzó el final de la romería. Como novedad, un ramillete de fuegos artificiales acompañó la entrada del Simpecado en la iglesia, cuya carreta fue acompañada por los Hermanos hasta los mismos pies del Altar en una imagen algo más ordenada que en anteriores ocasiones.

En un emotivo discurso, la presidenta, con la voz completamente rota (y no solo por el frío), repitió la homilía que no se había podido leer durante la misa interrumpida de la mañana. Y dejó una sorpresa: el Simpecado que ha acompañado a la hermandad durante los últimos 25 años se despide para dar paso a uno nuevo que llegará el próximo mes de noviembre. Un relevo que también es simbólico: el peso del camino, el desgaste de la tela, las manchas de lluvia y barro, todo eso queda atrás. Pero la voluntad de seguir, no.

El Simpecado que los rocieros han despedido este fin de semana se estrenó en 1997, coincidiendo con los primeros pasos de la Hermandad para convertirse en Filial. Durante 28 años ha aguantado lluvias, vientos, el polvo del camino y las miradas devotas de miles de romeros. Ha sido el símbolo de una fe que no se rinde ni aunque el cielo descargue con furia. Ahora, jubilado, descansará en algún lugar de honor de la sede. Quién sabe si algún día alguien lo restaurará y volverá a lucir. Mientras tanto, el nuevo Simpecado, el de noviembre, tendrá que ganarse su propio lugar en el corazón de los rocieros. 28 años de servicio dan mucho respeto. Y mucho cariño.

La Presidenta lanzó un último "¡Viva la Virgen del Rocío!" al que siguió la tradicional salve rociera. Pero en esta ocasión, no terminó ahí la romería, y es que, al igual que habían hecho a las puertas de la iglesia, el coro rociero despidió al Simpecado con una emotiva canción que puso el punto final a un fin de semana en el que las lágrimas no solo cayeron de los ojos de los rocieros, sino también del cielo.

 

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