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15
Nov
2020
El Genio del Manzanares PDF Imprimir E-mail
Punto D Vista - Otra mirada
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Jesús Hernández Gallardo

La vida nos vuelca su trayectoria en un suspiro, cuando menos te lo esperas, nos sorprende. Hablo de Madrid, nuestro Madrid, el que ha estampado en su alma tanto dolor, gente que ha recortado su existencia en la primera oleada del coronavirus y también en esta segunda, cuando regresó de nuevo ese tremendo desvarío de cifras que alarmó a todo aquel que buscaba de nuevo la paz y el sosiego sanitario.

Los madrileños hemos encajado en nuestras carnes el punto más álgido de esta pandemia, particularmente la capital Madrid y una de sus ciudades satélites, Torrejón de Ardoz. Nos encontró en primavera en nuestro devenir diario, trabajando, con las inquietudes ciudadanas, nuestros hábitos y sistemas que planificamos cada cual; al final los virus nos han ido atrincherado por los rincones, en los lugares estratégicos, fomentando los contagios de unos a otros. Al principio no entendíamos nada, resultó francamente inhumano, desproporcionado y tremendamente doloroso.

Los hospitales se llenaban, las UCIS estaban a reventar, la moral por los suelos, toda una tragedia que pudo solucionar el coraje de sus gentes, la genialidad de nuestros ángeles de bata sanitaria y la estrategia de confinamiento inevitable en todo el país. Mientras tanto ríos de dolor y tragedia han ido aflorando en los domicilios, las familias impotentes, sin capacidad para velar a sus fallecidos, por ordenamiento de la autoridad gobernante. Eso sí, multitud de féretros se han ido acumulando en el edificio de hielo, custodiados con mucha sensibilidad y cariño por nuestros militares, que diariamente, con sus costumbres castrenses, elevaban al cielo sus respetos y oraciones, considerando a los nuestros como suyos, soldados colmados con los máximos honores de una España enlutada.

Llegó el verano, se abrieron las espitas, comenzaron las eternas discusiones de los políticos, los dimes y diretes, los encontronazos, los cambios de opinión, los achaques cargados de reproches e intenciones egoístas, todo un galimatías inasumible. La gente se despreocupó, los políticos se marcharon de vacaciones, la confianza y triunfalismo se apoderó de unos y otros y, tras el relax volvió el virus fuerte de nuevo.

Se dice que los humanos somos la especie que tropieza dos veces en la misma piedra y así ha sido. En Madrid y también en otras ciudades colindantes, como Torrejón de Ardoz, Alcalá de Henares, Fuenlabrada y algunas más la curva fatídica de contagios alcanzaba el 29 de septiembre los 784, cantidad que dejaba grogui a la Comunidad de Madrid. La Presidente Ayuso y su equipo idearon una estrategia de alivio y defensa de la ciudadanía, consistente en cierres por zonas o barriadas y la realización multitudinaria de test de antígenos de manera rápida y eficiente.

Por otra parte el Gobierno central acosaba e imponía el cierre de todo Madrid; los roces de las distintas administraciones políticas se han ido sucediendo, dando una imagen de disparidad de criterios en plena crisis de coronavirus. Los más perjudicados de todo ello hemos sido los madrileños, que con genio de nuevo, hemos ido cumpliendo literalmente con todas las recomendaciones realizadas por las distintas autoridades. Tan solo las alocadas y egoístas acciones de diferentes grupos de jóvenes han perjudicado la conciliación comunitaria de la sociedad madrileña en algunos momentos.

A día 13 de noviembre, es decir, antes del mes y medio del fatídico pico de la curva, se ha conseguido doblegar la amenaza hasta 328 contagios, cantidad sensiblemente más razonable, aunque si hablamos de razón, lo ideal es que desaparezca de todos nosotros esta sombra, amenaza que va decayendo a medida que la ciudadanía aporta sus cinco sentidos para evitar posibles contagios.

Ahora ya nos dieron un regalo en forma de vacuna de Pfizer, un rayo de esperanza venido del cielo que nos hace felices a todos los que la ansiamos desde que se ha visto tanta maldad y tantas muertes, sin razones para que se produzcan. En Madrid somos gentes solidarias, sensibles y respetuosas con toda normativa que nos imponga disciplina. Entre todos hemos conseguido que las aguas del Manzanares bajen de nuevo mansas de manera razonable y esperamos que, no tardando mucho, estén de nuevo en el remanso que necesitamos para erradicar la guadaña que representa el virus maldito que se posó en nosotros como una lapa pertinaz e infranqueable.

Somos el genio del Manzanares, esa silueta titánica que humea al ras de sus aguas, dejando ver el espíritu de unas gentes que destilan coraje y valor, esa sangre española que despierta admiración allá dónde aparezca.

Jesús Hernández Gallardo

Funcionario del Estado

Torrejón de Ardoz

 

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