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03
May
2011
La intoxicación por el aceite de colza comenzó en Torrejón PDF Imprimir E-mail
Lente de Aumento - Torrejón Secreto
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El domingo se cumplían treinta años de la muerte de la primera víctima, un niño de ocho años

2011-05-03

El 1 de mayo de 1981, el niño Jaime Vaquero moría cuando una ambulancia lo trasladaba desde su casa en el barrio de Torrepista de Torrejón de Ardoz hasta el Hospital de La Paz. Era la primera víctima de la que sería la mayor intoxicación alimentaria de la historia de Europa, una intoxicación que dejó más de 20.000 afectados y casi cinco mil muertos.

Jaime Vaquero, que vivía en la calle Campiña del Barrio de Torrepista de Torrejón, comenzó a sentirse mal en la noche del jueves 30 de abril de 1981. Fue llevado a las Urgencias del ambulatorio donde le diagnosticaron insuficiencia respiratoria y fiebre. Durante la madrugada, su piel comenzó a volverse azul, y los médicos decidieron trasladarle a La Paz. El niño entró por su propio pie en la ambulancia, pero a los pocos minutos, perdía el conocimiento, entraba en coma, y fallecía antes de llegar al Hospital.

Con este terrible suceso comenzaba la mayor intoxicación alimentaria de ls historia de Europa, una intoxicación con casi cinco mil muertos y más de veinte mil afectados, y que hoy, treinta años después, continúa teniendo secuelas.

Las primeras investigaciones de la oleada de muertes que comenzó a inundar la localidad se centraron, primero, en un brote de legionella, después, en una neumonía infecciosa, para acabar echando la culpa a una partida de aceite de colza desnaturalizado.

En los primeros días de psicosis colectiva los vecinos de Torrejón sacrifican perros, gatos, y pájaros para intentar frenar una epidemia que se extendía sin freno. Y no era para menos: en tan sólo un fin de semana se detectaron otros ocho casos entre familiares y vecinos del niño fallecido. Tanto es así, que las AMPAs de los colegios intentaron evitar que los niños acudieran a clase, algo que no consintió el alcalde de Torrejón, Lope Chillón. Según el alcalde, “la enfermedad no se contagia persona a persona y la asistencia de los niños a clase es una medida de control de los niños”.

Pero a pesar de ello la psicosis continuaba, y los rumores también. Enseguida apareció la relación con la Base Americana, donde trabajaban, tanto la madre del niño fallecido, como el padre de la otra familia afectada. Y tampoco se olvidaron del hecho de que, días antes del suceso, el Ayuntamiento había depositado en un descampado muy cercano unos residuos no controlables.

Pero en seguida el caso se extendió y salió de Torrejón. Un ministro de la UCD, Jesús Sancho Rof, da la versión oficial que pasará a la historia: “Es menos grave que la gripe. Lo causa un bichito del que conocemos el nombre y el primer apellido. Nos falta el segundo, pero es un bichito que si se cae al suelo se mata”. El bicho enseguida se convirtió en aceite de colza desnaturalizado, al menos hasta el inicio del juicio.

La versión oficial rezaba que unos vendedores ambulantes franceses habían repartido un aceite desnaturalizado mucho más barato que el tradicional, lo que había provocado la intoxicación masiva. El aceite fue importado desde Francia para uso supuestamente industrial y distribuido de forma fraudulenta para el consumo humano tras extraerle la anilina a alta temperatura, un proceso que dio lugar a la creación de compuestos tóxicos que causaron la grave intoxicación, bautizada por la OMS como síndrome tóxico.

Pero con la celebración del juicio, el más largo de la historia de España, la versión oficial comenzó a hacer aguas. Los aceiteros, a los que se culpaba de la tragedia, se agarraron a la teoría defendida por el jefe de los científicos dedicados a la investigación, una teoría que defendió hasta su muerte, en 1985, de un extraño cáncer de pulmón: la auténtica razón de la intoxicación era una partida de tomates envenenados deliberadamente en Roquetas de Mar para extender la epidemia por el resto del Corredor, Madrid y las dos Castillas, y que las miradas no se centrasen en la Base Aérea, donde un accidente al probar armas bacteriológicas, habría provocado el síndrome.

Esta teoría de la conspiración, que tuvo muchísimos admiradores, no cuajó en el juicio, y trece de los 38 aceiteros fueron condenados, si bien ninguno de ellos sigue en la cárcel, ni son responsables de las indemnizaciones, ya que se declararon insolventes.

De momento, la Audiencia Nacional ha ordenado el pago de más de 2.300 millones de euros en indemnizaciones, aunque los afectados, aun no hayan visto ni un euro. A día de hoy, 4.537 de los 20.205 afectados han fallecido y un tercio de los pacientes vivos presentan secuelas y/o patologías mayores, tales como afectación neurológica, esclerodermia (piel dura), hepatopatía crónica y, sobre todo, hipertensión pulmonar, una enfermedad incurable, muy grave, que va deteriorando la salud progresivamente.

 

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